jueves, septiembre 10, 2009

Fragmento

Me acuerdo que ahora estaba echado en una extraña cama de roble y podía oír con otda nitidez el viento huracando y el hostigar de la nieve. Oía también el enervante y repetido golpeteo de las piñas del abeto -que ahora atribuía a su causa verdadera-, y como me molestaba tanto, me determiné a acallarlo fuera como fuese. Me dio la impresión de ue me levantaba a abrir la ventana. La falleba estaba soldada al pestillo, detalle que ya había advertido en mi vigilia, pero que se me había borrado. "¡Pues tengo que hacerlo cesar sea como sea!" murmuré. Y a base de golpear con los nudillos en el cristal, lo rompí y saqué un brazo para ver de alcanzar la rama inoportuna. Y he aquí que, en vez de esto, ¡mis dedos se cerraron sobre los de una mano pequeña y helada!

El intenso horror de la pesadilla hizo presa en mí. Intenté retirar el brazo, pero aquella mano se aferraba a él, mientras una voz tristísima sollozaba.

- ¡Déjame entrar! ¡Déjame entrar!
- ¿Quién eres? -pregunté, al tiempo que luchaba por desasirme.
- Catherine Linton -respondió trémula (¿Porqué se me venía a la mente el apellido Linton? Por cada Linton escrito me había encontrado con veinte Earnshaw.) -Tengo que entrar en casa. Me he perdido por los pantanos.

Mientras la oía decir esto, divisé el rostro de una niña que me miraba a través de la ventana. El terror me volvió cruel y, viendo que era imposible librarme de aquella criatura, atraje su muñeca hacia el cristal roto y me puse a frotarla contra él en todas direcciones, hasta que la sangre brotó y empapó las sábanas. Aun entencoes seguía gimiendo y suplicando que la dejara entrar, tenazmente agarrada a mí. Había llegado a hacerme casi enloquecer de terror.

-¿Pero cómo quieres que lo haga?- replique finalmente -¡Suéltame tu a mí si quieres que yo te deje entrar!- Sus dedos encontes se aflojaron, retiré yo los míos hacia dentro por el agujero del cristarl roto, lo tapé a toda prisa, con una pila de libros, y me tapé también los oídos para no seguir oyendo sus lamentos suplicantes. Creo que los mantuve así como un cuarto de hora, pero destapármelos y volver a percibir allí fuera el doliente sollozo fue todo uno.

-¡Vete!- grité -Jamás te dejaría entrar ni aunque me lo estuvieras pidiendo veinte años.-
-¡Veinte años!- susurró la voz -¡Presisamente veinte años son los que llevo vagando a la deriva!

Entonces empezó a garabatear débilmente con sus uñas desde fuera y vi que la pila de libros se tambaleaba hacia mí. Traté de incorporarme, pero vi que no podía mover ni un músculo de mi cuerpo. Fue entonces cuando, presa de un terror frenético, empecé a gritar en voz alta y cuando me di cuenta, con la consiguiente confusión, de que mi grito ya no pertenecía al mundo del sueño.

Pasos apresurados se acercaban a la puerta de mi habitación. Alguien la empujó con impulso vigoroso y por fin vi brillar una luz a través de una de las ventanillas que había en la parte alta de la cama. Me senté, temblando todavía, y me enjugué el sudor de la frente. El intruso pareció vacilar y dijo no sé qué entre dientes. Luego, como si no espera realmente obtener respuesta, preguntó en una especie de susurro:

-¿Hay alguien ahí?-

1 Señales de vida:

  • Luly says:
    21 de septiembre de 2009, 20:34

    =S hay mas? yo quiero massssss

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